05 Leyendas; Sin comida
Anduvieron por las calles de la ciudad de Kaleth, levantando polvo y trozos de paja a medida que daban pasos por las concurridas calles principales.
Tras un paseo observando tejas desgastadas, maderas raídas por el tiempo y paredes a medio derrumbarse, pasaban al lado de los campesinos del lugar y veían como la melena de la joven se alzaba en un día soleado sin desentonar entre los tapices de las paredes.
-Este es el lugar que te hablé, la biblioteca – dijo Roin a la vez que se paraba en seco frente a una pequeña cabaña de madera, donde un farolillo daba la bienvenida y unas ventanas con un marco de metal en forma de pequeños rombos observaban el exterior sin dejar ver lo que se escondía en su interior debido a la cantidad de suciedad impregnada.
Hela, miró con incredulidad como podría un lugar así ayudar a encontrar a sus hermanas sin embargo se aventuró a ver dónde le llevaba su amigo.
Roin, quien golpeó con fuerza la puerta de madera donde había colgado un cartel que ponía "Biblioteca pública, llama y si no contesto, no moleste. Gracias.", y el cual se movió al llamar con la fuerza desmesurada en cada golpe, pues la puerta no estaba bien encajada y las bisagras dejaban escapar el olor a libro por los bordes.
- Aquí vive mi amigo Edgar, es el bibliotecario del que te hablé - tomó el pomo de la puerta y lo giró con cuidado. La puerta se abrió y varios rayos de luz iluminaron una entrada oscura tapada por cientos de libros y otros tantos pergaminos y bártulos encajados en un desorden apilado.
-¿Hola? - gritó Roin, y dió algunos pasos antes de volver a saludar, repitiendo el proceso hasta una tercera vez más.
- Creo que prefiero volver a la cueva - dijo Hela, mientras ponía las yemas de los dedos en los libros apilados - Her... Bo... - intentó leer.
- Herbología para estudiantes de primer grado - le ayudó Roin a terminar - es un gran libro siempre que te guste las plantas.
Hela, que vio como ese libro asomaba por encima de los demás, con un poco de esfuerzo consiguió sacarlo de la pila donde estaba atascado, provocando que se tambaleara ligeramente aquella montaña de sabiduría y pequeñas nubes de polvo hiciera aparición por los rayos de luz de distintos colores que entraban por unas grandes ventanas situadas en los lados de la cabaña.
-¿Quién anda ahí? - se escuchó una voz anciana gritar entre la inmensidad de libros, tras ello unos golpes de bastón acercándose rápidamente hacia ellos.
Roin se puso delante de Hela y respondió - Edgar, soy yo, Roin - y los golpes de bastón ahora sonaban en una escalera mellada por castigo haber sido golpeada cada día por aquel bastón durante años- ¿Dónde estás viejo loco? - dijo Roin a la par que rebuscaba entre los libros a su amigo.
Tras ellos apareció un hombre mayor y desgastado por la oscuridad de su hogar. Largo pelo negro descuidado, una barba picuda que tapaba aquella cara que solo dejaba al descubierto unos ojos poblados por las cejas peludas. Su boca, que se movía sin parar entre pequeños gestos, salivaba gustosamente mientras que por debajo de aquel espectáculo se tendía una túnica color marrón oscuro y varios collares hechos a base de monedas grotescamente acuñadas y pequeños huesos de animal.
- Roin, eres tú... No podía ser otro quien leyera aquel cartel y no hiciera caso del mensaje - Edgar, quien finalizó la frase golpeando con fuerza su bastón en el suelo astillado, alzó la mano libre y temblorosa a modo de saludo a su amigo. -¿Qué quieres y qué puedo hacer por ti? - dijo el hombre finalmente, y todo su cuerpo se paró en seco.
- Edgar, menudas aventuras tengo para contarte junto con una buena cerveza – Respondió Roin, intentando suavizar varías noches y distorsionados días de una realidad acostumbrada. – Pero lo más importante es las presentaciones, ella es Hela – puso una mano sobre el hombro de la elemental y esta le miró intensamente.
- E bukur të takoj, njerëzore (Gusto en conocerte, humano) – dijo ella mientras agachaba levemente la cabeza a modo de saludo y devolvía esta al cuero oscuro que cubría las tapas del libro que había tomado entre sus manos.
- Kënaqësia është e imja (El gusto es mío) – le respondió casi al momento el anciano, mientras dejaba soltar una sonrisa entre dientes partidos y amarillos - Unë nuk kam dëgjuar një gjuhë të ngordhur brenda një kohe (Hacía tiempo que no escuchaba una lengua muerta) – continuó con un tono de sorpresa entre sus labios.
Hela, que en ningún momento esperó una respuesta, abrió su mirada hacia un mar se sorpresa, volviendo sus ojos azules hacia el anciano y mirando fijamente como aquellos dientes amarillos repulsivos le daban un toque de esperanza - A dini ta flisni gjuhën time? (¿Sabes hablar mi lengua?) – le dijo mientras que bajaba el libro hacia su cintura con una sola mano, y con la otra intentaba tocar una figura imaginaria en el ambiente.
El anciano, que soltó una carcajada al aire, tuvo que poner una mano sobre su pecho acostillado para no sufrir una herida en el proceso.
Roin, observó la mirada de asombro en los ojos de Hela y como sus labios se abrían y cerraban lentamente sin expresar palabras. Él, incrédulo y ajeno a lo que decían, también se rio levemente lo que hizo que Hela le mirara con los mismos ojos que tenía puestos sobre el viejo
- ¡Sabía que nos podría ayudar! – y de su barba brotó una sonrisa contagiosa para Hela, quien terminó por dejar escapar una leve risotada al aire.
-¡Puedo hacer mucho más! – dijo el viejo mientras cortaba en seco la carcajada.
Se dio la vuelta y de nuevo los golpes de bastón por las tablas de madera rellenaron los huecos que los libros dejaban entre aquellas pilas y estanterías. Roin, intentó alcanzar al viejo por detrás de la pila de libros que tenía enfrente, mientras que Hela se quedó paralizada por no saber bien a quien seguir.
En su mano, notó el tacto del cuero que se resbalaba, y miró de nuevo el libro más de cerca. Abrió la portada sin saber bien porqué, pero en la primera página encontró un dibujo elaborado de una flor, cuyos pétalos de color azul oscuro en forma de lágrimas llenaron un pedazo vacío de su imaginación con el recuerdo que aquella flor ilustrada le mostraba. Despertó de su sueño y siguió a Roin, pues el viejo no le daba confianza, entrando aún más en la estancia y recorriendo las calles a través de las luces de colores de las ventanas ensuciadas.
El olor a papel y cuero era más fuerte cuanto más se acercaba hacia una estancia abierta, donde no había más que varias butacas de tela y una gran mesa de madera de corta estatura en medio. Todo ello, se encontraba encima de una alfombra bastante limpia en comparación con el resto de la estancia y una pared adornada con cientos de cuadros, papiros enmarcados y colgantes u otros tipos de abalorios. En medio, una chimenea con una pequeña llama iluminaba las butacas y la mesa, la cual reflejaba su llama en medio de esta extendiéndose de un punto hasta otro.
Roin había escogido una de las butacas más cercanas al fuego y se había sentado, dejando en un lado los bártulos del viaje. Edgar, que andaba paseando por un piso superior, del cual Hela aún no descubrió donde se encontraban las escaleras, abría y cerraba distintos cajones y armarios hasta que al final dio un grito de alabanza. De nuevo, los pasos arrastrados junto con los golpes en el suelo sonaron como bajan peldaños de madera y se acercaba a la estancia donde ellos estaban.
- Hacía tiempo que no lo veía, y no sabía cuándo podría usarlo – en una mano, a modo de presentación, alzaba una caja de madera negra con el mismo dibujo tallado de la flor que había visto entre las páginas del libro que llevaba pero grabado en tonos metálicos.
Al estar frente a ella, colocó el bastó debajo de su axila, abrió la caja y en su interior había un sencillo colgante que terminaba en una piedra de color azul oscuro rodeada por filamentos de metal dorado.
- Më lejoni t'ju ndihmoj (Dejame ayudarte) – dijo Edgar mientras mostraba de nuevo su boca curtida.
Hela se apartó el pelo hacia un lado mientras se daba la vuelta, y cuando dejó de ver al anciano, escuchó el ruido de la caja que dejaba en la mesa de madera. Tras ello, las manos frías del anciano rozaron el cuello candente de la mujer y vio como estas, siempre temblorosas, pasaban por delante de sus ojos llevando consigo la cadena al vuelo. El anciano ató el remache y Hela se dio la vuelta, pudiendo ver como aquel collar hacía juego con sus ojos y resaltaba su pelo que se quedaba a un lado de su cara.
- Un hermoso regalo – dijo Roin quien miraba desde lejos – y le queda francamente bien – continuó embelesado por aquella belleza.
- ¿Esto se supone que me va ayudar?- dijo Hela de forma natural, mientras que el colgante brillaba ligeramente en su pecho.
Roin, quien finalmente pudo entender las palabras que pronunciaba su compañera, se aferró con fuerza al reposabrazos de la butaca pues no cabía a comprender si había escuchado con claridad aquellas palabras o finalmente se había vuelto loco.
- ¿Cómo has dicho? – dijo mientras entornaba la mirada.
- La piedra se ve preciosa, pero sigo sin entender que hacemos aquí – le respondió Hela
Y Roin, quien aún no entraba en cordura por el asombro, se apoyó con tanta fuerza sobre la butaca que cayó de bruces contra el suelo. Hela le miró sorprendido y desvió la mirada al anciano quien no cesaba en su sonrisa demacrada.
Ya desde el suelo, poniendo ambas manos para hacer el esfuerzo de levantarse, alzó la cabeza y le dijo – te he entendido – y con la boca abierta, sin decir nada solamente un aliento tímido continuó – todas y cada una de tus palabras -.
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