06 Leyendas; Con la esperanza a cuestas
- ¿De verdad puedes entenderme? - dijo Hela acariciando con los dedos la piedra que colgaba en su cuello.
- Mirys, o como se conoce vulgarmente "la piedra del aliento" - anotó Edgar entre pequeñas risas - esta extraña piedra le da al portador la posibilidad de entenderse en todas y cada una de las lenguas que ha habido y por haber- continuó sus anotaciones acompañando cada una de las palabras con gestos en sus manos.
- Es una maravilla - dijo Roin a la vez que se levantaba del suelo y se acercaba para ver el mineral más de cerca.
- Por fin puedo explicarte todo lo que hemos pasado... - Hela miró al ermitaño, pues a partir de este momento la aventura tenía un nuevo significado para ambos.
Mientras tanto, el anciano buscó unos cuantos vasos de madera y una jarra de barro llena de licor casero.
- Celebremos - les ordenó entre gritos y risas.
Tras varias horas contando lo sucedido los días anteriores, y recordando los momentos incómodos, el anciano pudo hacerse a la idea de lo ocurrido.
- Necesito vuestra ayuda para encontrar a mis hermanas - rogó Hela entre suspiros.
- Pero no entiendo por qué esos seres verdes te intentaban capturar - dijo Roin desconcertado por todo lo que había contado.
- Desde hace tiempo una fuerza oscura ha estado rondando con artes mágicas para crear un poder comprendido en una pierda. Tanto mis hermanas como yo representamos las formas más puras de los elementos en esta tierra. Al juntar a los cinco elementales básicos puedes aunar sus fuerzas y así poder crear la piedra de la vida-
Hela quién intentaba explicar a unos humanos aquello que en su vida hubiera podido casi alcanzar a imaginar, tomaba entre palabra y palabra aquel licor que resultó ser dulce.
- Mira niña, cuando golpeasteis mi puerta está tarde sabía que Roin iba acompañado de alguien especial - el viejo movió su mano temblorosa hacia el hombro de la joven - pero jamás habría imaginado que podrías causar tantos problemas - y volvió a estallar en una ruidosa carcajada.
- Nosotras, que llevamos viviendo en este mundo desde que se creó - dijo Hela en tono de réplica por lo de "niña" - hemos permanecido ocultas entre los seres humanos viviendo junto a ellos - dejó el vaso ya vacío en la mesa - y ya ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a una de mis hermanas - y de nuevo la nostalgia golpeó en su interior.
- No te preocupes, encontraremos a tus hermanas, seguro que Edgar podrá ayudarnos - y miró con esperanza a su amigo.
- Temo decir que vuestro problema va más allá de la información que hay en todos estos libros que poseo - el anciano se levantó de su butaca haciendo fuerza en el bastón - pero he leído en algunos manuscritos, en los cuales dicen que existe un templo donde la tierra se junta para crear la vida y la muerte - continuó hablando mientras andaba hacia una mesa con una pila de papeles y libros, todo ello rodeado de velas a medio gastar y suciedad.
Rebuscó y a la vez tiró al suelo papeles hasta encontrar un papiro enrollado. Con el esfuerzo de las dos manos lo abrió y leyó con su mirada, moviendo los labios rápidamente.
-¡Este es! - finalmente dijo al terminar su lectura, y se acercó a la misma velocidad a su butaca - al final terminan siendo historias que se narran a los niños para asustarlos - y sus rodillas crujieron cuando se sentó.
- En historias de niños creía yo hasta que conocí a esta mujer y me mostró que las historias son una realidad oculta entre nosotros - le replicó Roin a la vez que se servía nuevamente un vaso de licor.
El viejo puso el pergamino extendido en la mesa sujetándolo con la jarra de licor en una punta y con la mano en la otra, fue leyendo lentamente el manuscrito:
"En los orígenes de la tierra, un templo se forjó para dar comienzo a la vida que caía del cielo en su forma más pura. Bañó con su sangre donde anidaba en su tacto y formando luz donde rugía con su llanto.
En su viaje, para ayudarla a alcanzar el mundo en su plenitud se vio arrastrada por el cielo y siguió bañando los lugares más inhóspitos de la tierra, ocultándose en sus venas y cabalgando por sus laderas.
Sin embargo, tal como la vida nace también perece, pues no existe la inmortalidad en los seres que no son divinos, creando así el calor que todo consume dando esperanza cuando brilla y muerte cuando no se aviva."
- Es una de las anotaciones que los escribas de la capital había copiado, según parece de libros anteriores a la existencia de las grandes ciudades - dijo Edgar al terminar su lectura.
- Hace referencia a cada una de mis hermanas - dijo Hela - debemos encontrarlas y avisarlas antes de que esos seres, que trabajan para la oscuridad, las cacen como animales- aquellas palabras brotaron de lo más profundo de su corazón, mirando fijamente hacia Roin, quien permanecía atónito y borracho al no llegar a creer lo que estaba pasando aún.
- Pero necesitamos ayuda, no podemos enfrentarnos a esos seres solos - dijo Roin finalmente cuando recuperó la cordura.
- No creo que sea buena idea amigo mío - le respondió Edgar mientras enrollaba de nuevo el papiro.
- Los humanos son codiciosos, y al igual que en la oscuridad abundan las bestias que quieren destruir al resto de la vida en este planeta, los humanos buscarán la forma de hacer lo mismo para dominarse los unos a los otros - explicó Hela mientras que seguía con la vista como el viejo se levantaba a guardar el texto que había leído.
Cuando Roin quiso reaccionar, tiró el vaso que tenía en la mano sobre la mesa e intentó ponerse en pie tambaleándose de un lado a otro. Hela, que lo vio extrañada, fue con los brazos extendidos a sujetar a su amigo pero al igual que su compañero cayó de bruces contra la mesa. Roin, que permanecía desorientado pero aún en pie, llegó a poner una mano sobre la espalda de su amiga y automáticamente también golpeó su cuerpo contra la mesa pero este rodó hasta caer al suelo en una mezcla de alcohol y ruido.
Seguía en la misma casa, con su mismo desorden y caos apilado alfabéticamente, pero esta vez estaba solo y eso era lo que más le preocupaba. Gritó el nombre de sus amigos pero el eco llenaba los huecos de aquella inmensa sala, sin devolver respuesta. Cuando ya pudo asentar su cabeza recordó que su compañera había caído en el mismo sitio que él, y al volver la cabeza velozmente su angustia se convirtió en miedo al ver que ella tampoco estaba.
Dio varios pasos para buscarles pero las piernas le temblaban y algunos gritos que dejó escapar sonaban más a desesperación que preocupación. Al mirar las vidrieras de lo alto, solo pudo observar como unos tonos anaranjados bañaban el poco cielo que se alcanzaba a ver, por lo que corrió hasta la puerta que abrió de un portazo esperando que en el fondo de su corazón se equivocara.
Fue así, un terrible pensamiento que no se hizo realidad hasta que el rojo de sus ojos vislumbró los gritos de auxilio que salían de las gargantas ahogadas de los ciudadanos en aquella aldea. El caos era peor que el apilamiento de libros, pues enormes bolas de fuego arremetían contra los edificios como si un granizo fuera. Bloques de madera en llamas y piedras que salían disparadas en cada explosión dando a entender los horrores que se estaban cometiendo en ese momento.
Tanto solo con su fuerza recogida en un puño y apenas un apretón al marco de la puerta, expresó su euforia y frustración al no entender lo que pasaba. "No puede ser ella", si dijo así mismo.
En ese instante un grupo de hombres armados con escudos y espadas, brillaban como una luz de esperanza junto con sus armaduras llenas de polvo y ceniza.
- ¡A la puerta principal! - dijo uno de ellos, mientras animaba al resto a seguirle con gestos exagerados de sus brazos - ¡Van a echarla abajo! - y corrió con la misma intensidad que el resto de sus camaradas.
Roin, que se acababa de despertar de un letargo incierto, notaba que en cada paso su cuerpo se animaba y chillaba en silencio. Intentó seguir el ritmo de los soldados que le sacaban ventaja hasta que pudo alcanzar la esquina de una casa en llamas y se asomó con un gruñido entre sus labios. Desde aquel lugar pudo ver la puerta de madera por la que habían entrado esta mañana y como aquellos enormes troncos se empujaban en un ritmo que incitaba al terror.
Todos los soldados se iban colocando para aquello que esperaban a los alrededores de la entrada poniendo sus escudos, lanzas y espadas en posición para atacar. De pronto un golpe en seco hizo estallar en pedazos la madera que se unía a la cantidad de escombros que había ya de por sí, momento en el cual una de las bolas de fuego explotaba en las cercanías del lugar haciendo que los soldados tambaleasen y se derribasen como unas piedras más. Por la entrada, en una mezcla de humo, fuego y gritos procedentes de seres de otro mundo dieron paso a cientos de hombres verdes que entraban comenzaban a matar a aquellos hombres que luchaban en desigualdad. Unos clavaban sus cuchillas oxidadas en los cuellos de los caídos, mientras otros mordían y arrancaban con dientes afilados grandes cachos de carne como si fueran bestias de la montaña. Los charcos de sangre se formaron en cada sombra de los hombres que yacían tumbados entre gorgoteos sangrientos con los párpados permanentemente abiertos consumidos por el miedo.
Los ojos de Roin comenzaron a temblar, y la sorpresa le hizo tomar su hacha en mano dejando la esquina donde estaba sujetado mientras le gritaba a su cuerpo en forma de gruñidos que corría mucho más. Paso tras paso tenía que esconder su cabeza entre los brazos para taparse de la lluvia de escombros que aún volaban, corriendo por las calles de aquella ciudad que pocas veces había visitado en su totalidad. Tras la última casa situada en la parte derecha de la muralla vio una puerta abierta por donde un carruaje dejaba ver su carroza simple de color negro con retoques dorados y parte de unas bestias peludas.
Sus pies se pararon en seco cuando de repente pudo ver como su amigo Edgar le abría la puerta con exagerada educación a Hela, quien subía en la carroza con una mirada carente de vida. Roin seguía sin palabras para entender lo que ocurría, mientras que sus labios formaban el nombre de su amiga, los pulmones jadeaban y dejaban escapar el aire sin poder emitir un sonido con claridad. Edgar, quien subió detrás de Hela, cerró la puerta con cuidado y sacó su mano delgada por la ventanilla dando unos golpes en el carro haciendo que este comenzara a avanzar. Roin intentó seguir a la carroza como había hecho con los soldados pero sus piernas seguían sin responder con la misma agilidad que si estuvieran despiertas. Cayó al suelo levantando tierra a su alrededor.
La carroza ya se había marchado con tiempo suficiente para no poderla alcanzar corriendo, pero la puerta por donde había escapado permanecía abierta y los pueblerinos corrían de la ciudad por lo que parecía ser la única salida hasta que una bola de fuego impactó en aquella entrada como lo había hecho en el resto de las casas, provocando un caos atronador que disparaba cachos de la puerta arroyando a las personas que estaban cerca. Uno de los tablones de madera alzo su trayectoria contra Roin, quien aún tumbado pudo llegar a verlo a tiempo para rodar sobre su propio cuerpo y esquivarlo en el último momento. El tablón golpeó en una piedra y este revoto con la suficiente fuerza para hacer un hueco justo donde se encontraba la muralla tras él. Ese agujero de mediano tamaño le dio esperanza a Roin levantándose del suelo y comenzando a gritar - ¡Por aquí!¡Se ha abierto otra salida! – y las lágrimas de los pueblerinos se convirtieron en alegría al tener una esperanza para aquellos que aún permanecían con vida.
Media docena de seres verdes corrían con sus bocas y armas llenas de sangre por una de las calles paralelas, poniendo sus ojos endemoniados sobre los gritos que Roin había empezado a vociferar.
Él pudo ver como aquellos seres alargaban sus bocas y mostraban sus dientes con sed de más sangre, las orejas le sacudían en las puntas y las manos les temblaban. Iniciaron su carrera hasta la presa, pero Roin no tenía elección, ganar tiempo era la única opción que le quedaba ya que el resto del pueblo intentaba escapar por la pequeña apertura que se había formado por el azar.
Apretó su hacha contra el pecho y respiró con fuerza. El gruñido de su boca y el gesto con el que comenzó su arremetida cogió por sorpresa a los seres verdes que se detuvieron un segundo al ver que su presa no huía como los demás. Se miraron entre ellos, y comenzaron de nuevo su carrera contra el único humano que les atacaba.
Roin apartó una lanza cuyo trayecto iba dirigido al pecho con su mano libre, mientras que con la otra golpeaba en la cara al ser verde que tenía delante clavándole el hacha, haciendo que saltara por encima de sus compañeros. Otro intentó clavar un puñal en su pierna pero pudo esquivarla tomando el impulso para devolver el golpe con una patada haciendo que la sangre del ser se mezclara con dientes y saliva que se partían al recibir un rodillazo en la mandíbula. El tercero saltó con su hombro en cabeza contra la pierna de Roin lo que hizo cayera al suelo, sin embargo cuando Roin estuvo enfrente le golpeó en el cuello con el mismo hacha que había matado al primer ser. El cuarto consiguió alcanzar su brazo izquierdo con la punta de la lanza haciendo que gritara de dolor al notar como la punta le atravesaba su ropa y piel con la misma facilidad, dejando caer unas gotas de sangre sobre su pierna en la que sujetaba su peso. Sacó la lanza con la otra mano y tiró de ella. Debido al tamaño ganó la batalla de fuerza y se la quitó de las manos, aprovechando el arma para golpear al quinto que venía corriendo con las uñas de ambas manos hacia su cara.
El ser salió despedido de un solo golpe y se chocó contra la pared de la casa que tenía más cerca cayendo al suelo sin moverse más. Tras eso dio la vuelta a la lanza y clavó esta en el pecho protegido por un cuero mal tratado del ser que le había alcanzado dejando que el golpe le llevara hasta caer de espaldas, atravesando su pecho rompiendo las costillas y órganos para finalmente insertar la punta de acero en el suelo.
Con la mano y el hacha apretaba su brazo, se levantó con esfuerzo notando que el adormecimiento de su cuerpo dejaba pasar a un ansia de ira y rabia. El sexto ser verde estaba detrás con una espada de medio tamaño mirando como todos sus compañeros habían sido violentamente abatidos. Dejó caer su arma y salió corriendo en dirección contraria mientras alzaba sus brazos al cielo y gritaba, Roin guardó el hacha y se volvió para salir de la ciudad al mismo tiempo que múltiples personas se agachaban para salir por el agujero. Una vez fuera pudo respirar con menos dificultad, mientras que ayudaba a otros a pasar. Un hombre le sujetó por los brazos y lo arrastró, pese a su esfuerzo no pudo resistirse a dejarse llevar quedando tumbado en el suelo mientras dos personas le desvestían y le curaban la herida.
- No es profunda, límpiale con esto y después véndasela – dijo un hombre con poco pelo y una barba descuidada mirando directamente a un chico joven que asentía y comenzaba a hacer lo que se le había ordenado.
El ermitaño no pudo aguantar por más tiempo se desmayó.
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