08 Leyendas; Buscándote

 El camino era nuevo para él, los árboles cambiaban de color y forma a medida que avanzaba. Las piedras del sendero le indicaban el ritmo a seguir, mientras que los carteles con los nombres de distintos pueblos y ciudades le llaman para explorar pero él tenía un objetivo marcado, Cythan y no lo iba a cambiar por nada en este mundo hasta salvar a su compañera de viaje.


Tras varias horas de paseo se encontró con una inmensa explanada donde la hierba alta se movía ligeramente con la brisa fresca, dando tonos dorados a un campo que brillaba en su hermosa espesura. Roin estaba cansado pero se negaba a pararse antes de llegar a su destino, el cual desconocía como de lejos quedaba desde aquel punto.

Pasó la mano por la hierba acariciando y observando como el reflejo le dejaba paralizado sin pensar en nada más que aquel cabello llameante que le había asustado en el bosque la primera vez. De vez en cuando rememoraba los momentos que había pasado para darse fuerzas y continuar con el camino pero no estaba acostumbrado a las épocas de luz y calor, por lo que sus mejillas sonrosadas le acompañaban con regueros de sudor que caían por su espalda compensando ese calor quitándose parte de la ropa para entrar en una temperatura normal, aunque ni eso le salvaba.

Frente a él divisó una carreta tirada por un animal con una gran cabeza y dos cuernos de inmenso tamaño, piel lisa y oscura con poco pelaje, unos ojos taciturnos y una expresión de desentendimiento con el mundo que le rodeaba. Tras este animal había un carruaje con una tela de color marfil por encima, y una cabeza de una mujer asomando por encima de la bestia tirando de unas correas que iban atadas a la mandíbula de ser.
- Hola viajero, no pareces de aquí – le dijo la mujer al llegar a su lado, tirando de las correas para detener el movimiento de la caravana.
- No lo soy, y espero que me puedas ayudar, quisiera saber cómo de lejos queda Cythan – decía mientras respiraba con dificultad.
La mujer, que le miró con una mueca de duda en su rostro, echó mano a la parte trasera de donde se encontraba sentada y le extendió una cantimplora de cuero llena de agua. Roin dudó un segundo, pero al remojarse los labios se dio cuenta de que no tenía remedio, debía beber y no parecer desesperado por ello.
- Por suerte para ti no queda lejos, pero no entiendo porque un hombre como tú quisiera ir a una ciudad como esa – le dijo la mujer mientras se sujetaba la cabeza con una mano apoyando el codo en su rodilla.
Roin había terminado de beber y se secó la barba con su antebrazo desnudo, dejando en su cuerpo un reguero de agua fría y satisfactoria para su necesidad – es una historia complicada la verdad, y no sabría como empezar a contarla – le devolvió la cantimplora a la mujer y asintió a modo de agradecimiento – necesito encontrar a una persona -.
La mujer se encogió de hombros y guardó la cantimplora en el mismo lugar – es importante tener una historia propia, si no seríamos más que seres de carne y hueso que no hacen más que vagar de un lugar a otro sin parar – y una sonrisa salió de sus labios resecos – yo me dirijo a Keltha, para encontrarme con algunos familiares – y miró al frente con la esperanza de tener ya la ciudad allí -es duro hacer el camino sola-.

Roin levantó la cabeza y su mirada hizo que la mujer se preocupara al ver aquellos ojos inyectados en el mismo miedo.
- ¿Qué ocurre? – y la sonrisa se convirtió en una expresión seriedad.
- Vengo de allí, y hace algunos días atacaron la ciudad – Roin se miró el vendaje que tenía en su herida y la mujer le siguió la mirada – hubo bastantes muertos y la ciudad quedó arrasada en un pasto de llamas- volvió agachar la cabeza al pensar que podía haber hecho algo más antes de irse de aquel lugar – lo siento -.

Aquellas palabras impactaron con violencia en su pecho, y sin devolver más que desesperación gritó a la bestia golpeándola con la correa que tenía en las manos, haciendo que anduviera más rápido de lo normal. Roin permaneció mirando el carruaje que se marchaba por el mismo sendero que él había recorrido, poniendo toda su esperanza que la familiar de aquella mujer fuera una de las muchas personas que escapó por el agujero que él intentó defender y por el que se marcó en su cuerpo para siempre.

Continuó caminando por el sendero hasta que la tarde se convirtió en noche y las estrellas empezaron a salir escondidas en el cielo, pudiendo ver con claridad cada pisada que daba al ser iluminado por las estrellas.

Paso tras paso se encontró de nuevo frente a una puerta de inmenso tamaño, solo que aquella ciudad no estaba rodeada por troncos de madera acabados en punta si no que era una fuerte estructura de piedra de gran tamaño haciendo empequeñecer el corazón de un hombre acostumbrado a ver montañas desde su pequeña cabaña.
Miró tan alto como su cuerpo le permitió y vio que en lo alto varios hombres estaban postrados mirándole desconfiados y con los arcos preparados.
- ¿Quién va? – gritó una voz sorda desde lo alto.
Roin se detuvo y poniendo sus manos en la boca respondió – soy un ermitaño de las montañas y venía a esta ciudad para comerciar – bajó los brazos con la esperanza de que aquella mentira se convirtiera en realidad.
Los segundos se hicieron eternos, hasta que de repente una pequeña puerta por donde pasaba un hombre de mediana estatura, se abrió saliendo hacia el exterior seis caballeros armados con lanzas y arcos cuya armadura tenía en este sitio una cabeza de oso rugiendo de color blanco. Tras aquellos hombres puso los pies en el exterior de la muralla otro más alto y fuerte que no llevaba yelmo, dejando un corte de color castaño a la vista y una cara curtida a base de golpes y heridas.
- ¿Cuál es tu nombre? – le dijo este hombre mientras salía por la pequeña puerta sin apartar la mirada de Roin.
- Soy Roin, ermitaño de las montañas del norte, vengo también para avisaros de que la ciudad de Kaleth ha sido arrasada – tragó saliva.
- Roin, ermitaño del norte, agradecemos que te hayas desplazado hasta nuestra ciudad para avisarnos de ello, pero ya conocemos el estado en el que se encuentra la ciudad – puso una de sus manos en la espada y desenvainó dejando que el brillo del acero se iluminara por el reflejo de la luna poniendo la punta de esta frente a la cara de Roin – Pero temo pensar que no habéis venido aquí a darnos ese aviso, únicamente – y sin temblar un solo centímetro de su postura permaneció allí mientras el ermitaño comenzaba a temblar temiendo que su viaje había llegado al final.
- Pues verás, tienes razón, en la ciudad estaba acompañado por dos amigos que consiguieron escapar antes de que yo pudiera salir de aquel lugar – se miró el brazo vendado y este ya había empezado a sangrar debido al esfuerzo del viaje y le comenzaba a picar – donde tuve algún problema que solventar primero -.
Permaneció con la mirada fija en el comandante que aún tenía su espada amenazante sobre su rostro hasta que al final la volvió a guardar en su funda que llevaba colgada en un cinturón de cuero.
- ¿Aquellos seres verdes te hicieron eso? – le preguntó finalmente el comandante mientras que hacía señales a uno de sus subordinados para que se acercara.
- Sí, señor – recordó entre dolor y rabia como los goblins habían arrancado partes del cuerpo de algunos de los hombres que defendieron la ciudad dando gracias a la suerte que había tenido por solo recibir ese rasguño – fueron los goblins quienes me hicieron esto -.
El comandante puso una expresión de sorpresa - ¿Goblins dices? – y en ese momento se colocó de forma firme un soldado a su espalda - ¿Así es como los llamáis los hombres de las montañas, a esos seres despreciables? -.
-Sí, señor, así es como se llaman – y puso un puño frente a su rostro cerrado al mismo tiempo que todos los hombres que les rodeaban se ponían firmes con sus armas preparadas – y recomiendo que se preparen porque temo decir que Kaleth no será la única ciudad que van atacar -.
Su expresión se mantuvo tan firme como la espada que había estado segundos antes frente a él, sin moverse ni expresando ningún sentimiento, solo amenazando del peligro que podría causar.
- Agradecemos tu consejo, pero la seguridad de la ciudad cae en nuestras manos y tenemos preparado todo lo necesario por si esos… Goblins, deciden aparecer en nuestra hermosa comunidad – el comandante puso su mano enguantada en acero sobro el hombro del hombre que se encontraba tras de si susurrando al oído palabras que Roin no alcanzó a escuchar.
- Bien, Roin el ermitaño, te permito el paso a la ciudad – puso la mirada en el hombre que tenía a su espalda – él es Serat, un hombre de mi confianza que te acompañará al cuartel para que curen esas heridas y te cambien los vendajes – el hombre se marchó tras decir aquellas palabras y sin volver la mirada le gritó – espero que encuentres a esos amigos tuyos -.
Roin miró como la armadura de la espalda de ese hombre se encogía de nuevo al pasar por la puerta donde dos hombres con lanzas permanecían en guardia a la espera de que él también pasara.
- Tiene que haber sido horrible la batalla – le dijo Serat mientras permanecía firme frente a él. Roin simplemente agachó la cabeza y asintió sin decir nada, dando los primeros pasos hacia el interior de la muralla.

Al pasar por la estrecha puerta hizo una mueca de dolor por la herida que aún la sentía como se abría en cada esfuerzo. Se quedó deslumbrado al ver las estrechas calles de aquella ciudad, donde cientos de tiendas permanecían abiertas con candelabros que iluminan a miles de caras con aspecto cansado. 
Los distintos puestos compartían un ambiente similar, cambiando el color de los vasos y las luces junto su pasividad en algunos y la música descontrolada en otros. El soldado le llevó dando un rodeo por las distintas tiendas y calles mientras Roin se sentía incómodo entre la cantidad de gente y el ruido que iba creciendo cuanto más se acercaban al centro de Cythan. Al llegar al cuartel vio una pequeña cabaña de piedra donde dos guardias adormilados hacía presencia en su puerta que permanecía abierta, mirando al extraño acompañado como si fuera un delincuente que hacía acto de servicio otra noche más en aquellas celdas hacinadas.
Dentro del cuartel fue recibido por un médico entrado en años que le quitó con sumo cuidado y paciencia las vendas mientras curaba con algunos mejunjes las costras que tenía un color no muy sano. Tras los minutos de dolor punzante convertidos en alivio Roin se sintió obligado de agradecer semejante ayuda al curandero quien con una mano le quitaba importancia a sus palabras y su frase célebre “es mi trabajo” que repetía una y otra vez.

El ermitaño estaba en plena forma y salía de aquella pequeña casa estructurada para encontrarse otra vez en la selva de cantos y vaso derramados, donde tenía que encontrar a una persona o cosa, pero no sabía muy bien por donde empezar. Volvía a dar paso tras paso sin conocer donde tenía que llegar hasta que un amasijo de gente congregada tras un muro. Al asomarse vio que se encontraba en una plaza de la ciudad, donde una fuente de gran tamaño estaba rodeada por cientos de persona en todo tipo de grados de embriaguez incluidos niños y mujeres por igual, una música animaba el ambiente con un sonido de guitarra acompañado por las palmas de muchos del lugar mientras una voz rasgada entonaba la letra de una canción en un idioma ilegible para el ermitaño.
Entre empujones se abrió paso por personas sudadas o que se tambaleaban, mientras que su cuerpo se estremecía entre codazos y quejidos de molestia al dejarle pasar. Al ser deslumbrado por los faroles que adornaban la plaza se encontró que en el borde de la fuente una muchacha de piel oscura y largo cabello de color azul el cual caía por su cintura bailaba descalza con la gracia del agua cayendo por un río. Roin quedó atónito ante semejante imagen que no pudo reprimir el impulso de querer tocarla, pues aquella figura esbelta se movía con cuidado por un muro de estrecho tamaño, a la vez una larga falda de color blanco acompañaba a su sombra.

Tras varios minutos de mirar aquella persona como se movía se percató que la cara le sonaba, y cuando cayó en consciencia abrió los ojos con tanta fuerza que se hizo daño, pues era la viva imagen de Hela. Fue en ese momento cuando la mujer saltó con ambos pies al suelo he hizo una reverencia para agradecer al público y las distintas propinas caían en forma de lluvia, rebotando en su pecho un colgante dorado con la misma forma que su compañera le había dibujado en la cueva, era el elemental de agua y no había duda.

La muchacha se dio la vuelta para dirigirse a su compañía de música y Roin intentó alcanzarla pero los seguidores que había conseguido aquella noche se adelantaron para intentar hablar con la mujer que todos consideraban que era parte de su vida. Finalmente el cerco de la fuente se quedó reducido a apenas unos metros de la muchacha, quien sonreía y agradecía con suaves movimientos de la mano mientras sus ojos verdes se ocultaban tras unos párpados pintados de amarillo. Roin continuó apartando a la gente para intentar alcanzarla pero la resistencia era aún mayor que la primera vez en la plaza, hasta que fue un golpe en seco sobre su hombro el que le obligó a detenerse apenas a una fila de personas que quedaba antes de poder llegar a ella.

¡Motrat! – gritó Roin en suspiro de dolor desde su propia garganta, y la joven que ya le había dado la espalda se detuvo en seco al escuchar aquella única palabra. Una mirada furtiva se asomó por su hombro y se fijó en la cara del ermitaño que terminó por ser consumido por el gentío que ya le superaba y lo zarandeaba.
Cayó sentado en el suelo de un empujón que alguien le había propinado, y se lamentó lo cerca que estuvo de haber logrado hablarla, ya que tras ver sus facciones se acordó de su compañera y la nostalgia se expandió en su alma. Se levantó entre algunos quejidos y gruñidos pues la herida se le había abierto y volvía a sangrar e ir al médico no le parecía la mejor idea ya que parecería que no es capaz de mantener sus marcas de guerra limpias por una noche. Se marchó de la plaza con la mirada puesta en una de las tabernas que permanecía más el calma, miró en su mochila que disponía para pagar el vaso de licor que quería echarse a la garganta, pero solo encontró libros y papeles sin valor para aquellos que no entendieran lo que allí había grabado. De repente, una mano se puso con delicadeza sobre su hombro provocando que diese un salto por el susto mirando con nerviosismo a la persona que le había perturbado de sus sueños de pobreza. Eran aquellos ojos verdes que de cerca le miraban con calma y una ojeada salvaje durante un segundo le hizo sentirse débil al saber que aquella persona no era realmente quien decía ser.

-Motrat…- le susurró al oído, y con un gesto de la cabeza oculta en una capa le indicó que lo acompañara.

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