11 Leyendas; Entre disturbios
Con la hoguera encendida ocultando su brillo entre las rocas en aquella montaña, Linfa y Roin saciaron su hambre con parte de los alimentos que habían sacado de la ciudad donde la joven había dejado su vida a un lado. Continuaron hablando de forma relajada sobre las aventuras que les habían llevado hasta aquel momento, mientras que el cielo les cubría en una noche despejada y solo los árboles sabían dónde estaban ocultándoles entre sus agitadas ramas.
Roin fue el primero que despertó saliendo de la cueva con un fuerte dolor en todo el cuerpo, como si el haber dormido toda la noche le hubiera perjudicado más debido al cansancio acumulado. Sintió una agradable sensación cuando el sol golpeó su cara con el calor de la mañana mientras estiraba los agarrotados músculos caer partículas de polvo y ramas pequeñas con ello. Al poco de estar despejado sintió como su compañera despertaba y se movía en su espalda, se dio la vuelta para coger la cantimplora y dar un trago de agua.
- Buenos días - le dijo el ermitaño con una sonrisa en la cara.
La joven tuvo un atisbo de miedo al no recordar donde se encontraba, pero al ver a su compañero se relajó. Ambos prepararon las cosas para reanudar la caminata, bajando por la ladera opuesta a la formación rocosa que cruzaban.
El día favorecía andar por aquella montaña, y tras haber sufrido una cacería cualquier momento de calma se agradecía, dando pasos hasta llegar a un camino donde un ruido de gentío se escuchaba en el fondo de una arbolada.
Al llegar los aventureros vieron como dos carrozas, apartadas del sendero y situadas en forma de refugio improvisado, al menos una docena de personas hacían vida ordinaria.
-¿Ladrones? - preguntó el ermitaño a Linfa estando ambos escondidos tras el tronco un árbol grueso.
- Probablemente - le respondió ella y eso no dejó en calma a Roin.
Ambos se acercaron y pudieron comprobar que en aquel campamento había humanos de todas clases vestidos con ropas muy desgastadas. Los más jóvenes corrían sin parar en círculos jugando mientras que hombres y mujeres cortaban leña, guardaban ropa, cuidaban de animales y demás actividades de un pequeño poblado esporádico.
Un hombre alto y delgado, que se encontraba cosiendo un parche a una de las carroza vio como los aventureros se acercaban a la caravana y sonriendo terminó hábilmente la tarea que realizaba para extender los brazos a modo de bienvenida.
- Buenos días, pareja - le grito haciendo que el resto del campamento cesara su frenética tarea para desviar sus miradas a las personas ajenas que llegaban.
Roin saludo con la mano tímidamente mientras que Linfa apresuró su paso para responder con otro agitado saludo en sus manos.
- Saludos compañeros - le dijo la joven con alegría en su cara - somos de la partida de Rembla - continuó la joven, y al decir aquellas palabras el campamento entero volvió a continuar su rutina como si nunca hubiera pasado nada.
El hombre, al que le cambió la expresión de la cara a algo más relajada hizo indicaciones que para ambos se acercarán.
Estando ya entre las dos carretas pudieron ver como aquella gente había formado un poblado tendiendo robustos palos con cuerdas y telas por encima. Una hoguera en el centro presidía la pequeña explanada, mientras que múltiples personas arrojaban un constante susurro en voz alta que bañaba el silencio que desde fuera se apreciaba.
- ¿Y que hace una artista de Rembla tal lejos de su caravana? - quiso saber el hombre que le había dado la bienvenida, mostrando más de cerca sus facciones curtidas y delgadas de la cara, donde una fina barba cubría la mandíbula y una boca muy mal tratada por el tiempo les hablaba emitiendo olores y sonidos por igual intensidad.
- Negocios familiares, ya sabes lo que quiero decir - le respondió ella mientras tomaba asiento en unos taburetes de madera que el hombre le había facilitado. Pasaron algunas horas hablando y conociéndose mutuamente, intercambiando aventuras de ambas partidas a la vez que el ermitaño daba consejos de caza y supervivencia en el frío a los residentes del lugar.
-¿A dónde va tu caravana Pit? - le preguntó finalmente la joven tras la larga charla.
- Nos dirigimos a Saezar, ya que en los próximos días habrá un encuentro de mercaderes de todo el largo mundo para comerciar los productos más singulares que se puedan comprar - dijo el hombre con exagerados movimientos en sus brazos y cambiando el tono en su habla - quien pueda comprarlos obviamente - dijo con el tono natural de su voz y golpeando sus rodillas con las palmas de las manos – o se puedan robar – y terminó de hablar entre carcajadas.
- No sé cuál es la ciudad de Saezar - dejó escapar su duda el ermitaño mientras miraba su mapa para intentar encontrase.
Pit le quitó de las manos el mapa al ermitaño rápidamente haciendo un gesto sin dejarle responder al mismo tiempo que se situaba a su lado sentado.
- Nosotros estamos más o menos aquí – le indicó con círculos en el mapa, trazando una línea siguiendo los caminos dibujados hasta llegar al escudo de Saezar siendo un castillo de piedra sin puerta.
Sin esperarlo unas palmadas comenzaron a tocar un ritmo pegadizo mientras que los pies de algunas de las personas golpeaban hasta hacer retumbar el suelo. El ritmo se vio acompañado por una caja de madera que resonaba grave en cada golpe que una mujer le daba con unas manos delgadas y temblorosamente acompasadas.
El centro del campamento tomó un color distinto mientras que la música sonaba y uno de los hombres cantaba una canción de tierras lejas donde las bestias gruñían y te desafiaban con la mirada, donde los valientes tomaban la iniciativa para guiar a la gente hacia un mundo lleno de esperanza.
Roin sintió punzadas en cada parte de su alma al sentirse como si fuera su casa, disfrutando con una sonrisa e intentando seguir el ritmo de las palmas mientras que la joven se levantaba para bailar alrededor de la hoguera que ahora estaba en llamas preparando la comida para todas aquellas personas que disfrutaban de la música. No sabía decir si el momento fue largo o breve pero cada segundo pasaba y él no podía parar de mirarla desdibujando el aire con su falda adornada por unas piedras que reflejaban la luz de las llamas. Su pelo azul recorría las sendas que su cuerpo dejaba mientras que sus manos se movían lentamente por encima de su cabeza creando un baile en las sombras de las caravanas que quedaba reflejada en todas las miradas que se posaban sobre su figura.
Continuó la fiesta hasta que fueron invitados a comer aquella comida casera que pese al calor que hacía le entraba con facilidad en el cuerpo. Tras aquello ayudaron a recoger el campamento para ponerse en marcha todos juntos hacia Saezar yendo por caminos que día tras día cambiaba la fauna por terrenos más áridos y hostiles, insoportables para una persona que había pasado su vida nadando entre la nieve.
El calor comenzó a ser sofocante, mientras que la joven que lo acompañaba permanecía serena y vivaz, su rostro notaba la falta de agua en el ambiente.
Llegaron finalmente a unas tierras donde el sol siempre brillaba con fuerza, y el viento cálido arañaba las mejillas hasta resecar los labios y agrietarlos. Saezar se alzaba imponente ante ellos con grandes murallas de piedra y torreones presidían los lados de la entrada, donde humanos de todas las razas entraban y salían de aquel inmenso castillo. El ruido era escandaloso, pues desde fuera de la muralla miles de puestos vendían y comerciaban todo tipo de productos desde comida hasta complementos, la gente se empujaba en algunos por comprar algún tipo de fruta mientras que otros estaban en una triste calma. Roin caminaba detrás de una de las caravanas y veía como las personas de aquel lugar se comportaban, notando su total diferencia en el entorno que le abrumaba.
Una vez cruzando por la entrada la ciudad crecía en vida, pudiendo ver altos edificios de piedra expandirse por todos lados de aquella ciudad que cubrían las esquinas con vegetación que él no había visto jamás mezclado con los olores de todos aquellos productos que se exponían para vender. Estaba inmóvil al ver tantas cosas nuevas juntas en un mismo lugar, mientras que la joven le acarició el hombro para despertarle de su asombro.
- ¿Te gusta? – le dijo sonriendo – esta es la ciudad de Saezar, conocida por ser el lugar donde todo el mundo comercia -.
- ¿Habías estado aquí alguna vez? – le preguntó Roin aún con los ojos secos y bien abiertos.
- Una vez vine a comerciar cuando estaba en la otra carava – la joven llevó su mirada hasta el final de las calles para bañarse del ambiente que allí reinaba – es impresionante volver a verla -.
Poco a poco llegaron hasta la plaza más grande de la ciudad, donde se despidieron con efusivas muestras de cariño de las familias que en aquella caravana habían compartido tanto tiempo. Al lado de su lugar de despedida se revolvía una gran multitud de gente que gritaba a uno de los edificios con columnas cuidadosamente acabas y una estructura que notaba ser un edificio icónico en aquella ciudad.
- Me pregunto qué podrá estar pasando – dijo Roin haciendo gestos con la mirada para ver si alcanzaba el centro de toda aquella masa.
- En esta ciudad los pobres son muy pobres, mientras que los ricos no necesitan nada de lo que poseen – les contestó Pit mientras guardaba algunas cajas en la parte trasera de su carava y luego la cerraba – lo importante es que tengáis cuidado -.
Los aventureros se miraron y volvieron a dar las gracias al hombre que se despidió definitivamente de ellos mientras se marchaba sentado en la parte trasera de la caravana.
Roin se acercó a un hombre que se encontraba sentado en un pequeño muro bajo un árbol de hojas largas y terminadas en punta.
- Disculpe ¿podría decirnos por qué se ha juntado toda esta gente? – le dijo Roin con educación.
El hombre era mayor y tenía la piel tostada, con una camisa de tela gorda y unos pantalones finos muy cortos se rio al escuchar las palabras del ermitaño, al que miró de arriba hasta abajo dejando grabado cada detalle del hombre que le hablaba. Roin no pudo entender ninguna de las palabras que aquel hombre le respondió por lo que con sutileza le dio las gracias y se marchó con su compañera.
- ¿Qué te ha dicho? – quiso saber ella.
- No lo sé – dijo Roin con cara de decepción.
- La nueva gobernadora de la ciudad se ha puesto en contra de los hombres más ricos de la ciudad, y está descubriendo que esos mismos hombres son capaces de poner al pueblo en su contra con mayor facilidad – dijo un hombre que se encontraba sentado de rodillas en un cojín de colores claros y resaltos en sus costuras.
Ambos le miraron para ver quien había dicho aquellas palabras y vieron un hombre alto con barba y pelo castaño recogido en una coleta alta, con una tela gris por su cuerpo y unos pantalones de color negro finos ocultando debajo de una mesa de una taberna la espada que sujetaba con una de las manos mientras que con la otra daba un sorbo a su bebida que humeaba.
- Gracias por la información – le dijo la joven a la vez que hacía un gesto con la cabeza.
El hombre dio un pequeño salto en una risotada – se nota que no sois de aquí – le replicó el hombre con un acento más marcado en aquellas palabras.
El bullicio de gente comenzó a gritar y alzar las manos por encima de las cabezas, mientras que el polvo del suelo se levantaba a la vez que la masa de gente se movía hacia el edificio en el que se encontraban. Al final del gentío había una serie de grandes escalones de color marfil que daban hacia la entrada de la estructura y al menos dos docenas de guardias con capuchas ocultando por completo su cara y grandes escudos a la espalda, sujetando con fuerza unas robustas lanzas y dejando una espada enfundada en su cadera. Linfa se acercó al ver que entre los soldados de la escalera había alguien subiendo los peldaños.
- Esa es la gobernadora – dijo el hombre al dar otro sorbo en su vaso de cerámica.
Y la joven intentó con mayor fuerza apretar su mirada para ver la figura de una mujer alta con un vestido de tela subiendo la escalera, el pelo recogido y unos papeles en sus manos. Se fue acercando paso a paso hacia el grupo de gente para poder alcanzar a ver aquella mujer mientras que se separaba del ermitaño que la miraba preocupada.
- ¿Linfa? – le dijo finalmente este.
Y ella continuaba en su batalla personal por verle la cara a la gobernadora que ahora le daba la espalda. El grupo de gente comenzó alzar aún más la voz y los guardias tomaron sus lanzas cambiando su posición para convertirse en una muralla de armas, protegiendo a la gobernadora que devolvía la mirada al pueblo.
- Erë… - dijo Linfa.
- ¿Cómo dices? – Le preguntó Roin al no escuchar bien aquella palabra - ¿La conoces? – le tomó de un hombro para decir aquellas palabras.
- Es mi hermana… - le dijo la joven con la mirada perdida en sus recuerdos – siento en mí que es ella -.
Roin volvió la mirada a la masa de gente que ahora estaba aún más animada, gritando y empujando a las primeras filas donde los guardias había colocado sus escudos y las lanzas apuntadas directamente hacia los hombres y mujeres que les escupían y gritaban. Uno de los aldeanos lanzó una piedra a uno de los guardias, golpeando directamente en la cabeza a este y haciendo que cayera al suelo, en ese mismo instante una voz se alzó por detrás de la fila de soldados y estos comenzaron a caminar lentamente mientras que los manifestantes empujaban a las filas que tenían a sus espaldas para escapar. Aquellos que no lo conseguían eran asesinados por las puntas de las lanzas que los alcanzaban mientras que otros hacían intento de enfrentarse a aquellos hombres armados, no pudiendo saltar los escudos y siendo fulminados por un golpe de espada de una segunda fila que permanecía empujando desde la retaguardia. En pocos segundos, la plaza se tiño de rojo mientras que estallaba una batalla acompañada por la misma nube de polvo y gritos de dolor.
Linfa permanecía inmóvil al ver como su hermana permitía que aquello sucediera sin que esta hiciera nada, pues desde lejos la veía como giraba la cabeza mientras algunos de los soldados la empujaban para ponerla a cubierto en el edificio que se encontraba en lo alto de las escaleras.
- Tenemos que ir a verla – le dijo Linfa a Roin con una expresión de tristeza en la cara.
- No podemos acercarnos, mira lo que está ocurriendo – Roin le contestó mientras señalaba con ambas manos al bullicio de gente que estaba siendo masacrada y poco a poco replegada de la plaza – deberemos pasar aquí la noche e ir a verla mañana por la mañana -.
El hombre que estaba sentado en la taberna se puso de pie, dejando ver una figura más alta que ambos aventureros y mucho más corpulenta de lo que parecía sentado.
- En eso puedo ayudaros – el hombre se colocó la espada que ocultaba en la espalda, siendo una hoja ancha oculta en una funda de cuero con refuerzos de metal – os llevaré a un lugar donde podréis dormir y comer, si tenéis con que pagarlo claro – escupió una pequeña risotada con aquellas últimas palabras, mientras que los aventureros se miraban intentando recordar cual era el presupuesto que les quedaba.
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