12 Leyendas; Los nuevos amigos

 Ambos siguieron al hombre de la espada que caminaba dando zancadas, dejando a sus espaldas los gritos y llantos de las personas que habían muerto en la plaza mientras sus seres queridos recogían lo que quedaba de los cadáveres.

Cruzaron varias esquinas haciendo que cada calle se estrechara aún más, llegando a zonas donde no podían pasar los dos juntos. Durante el paseo miraban la espalda del hombre que permanecía en silencio andando por los callejones más recónditos de aquella ciudad observando miles de ojos en puertas y ventanas.
- ¿A dónde vamos? – le preguntó Linfa.
- Paciencia muchacha, en poco lo sabrás – le respondió sin devolver la mirada.
Roin sintió un miedo corriendo por su cuerpo, pues estaba en una ciudad desconocida y dejaba claro que no era autóctono de aquellas costumbres urbanas. Echó mano a su hacha y sintió como en el mango de esta tenía astillas que quedaban clavaban en sus dedos al rozar la parte donde había sido golpeada por el arma del elfo en el bosque.
Miró el cabello que caía por la espalda de su compañera y sintió que no estaba a salvo con ella, recordando aquel momento en el que los ojos verdes de una niña se transformaron en una oleada de muerte y rabia para otros.

El hombre se detuvo enfrente de una puerta de madera oscura, oculta en uno de los callejones sin apenas espacio para pasar. Una pequeña ventana permanecía fuertemente cerrada y asegurada con barrotes, donde golpeó con los nudillos en una secuencia ya memorizada. Una abertura cuadrada se abrió de golpe en medio de la puerta haciendo resonar las bisagras, dejando al descubierto dos ojos oscuros inyectados en sangre y rodeados por la oscuridad.
Desvió la mirada hacia el hombre que había llamado a la puerta y la mantuvo fija unos segundos, seguidamente observó como Linfa y Roin esperaban incómodos en ese lugar. Los ojos volvieron a mirar al hombre sin decir absolutamente nada y este asintió con una sonrisa en su curtida cara.
La puerta se cerró de un golpe seco dejando paso al ruido que hacía varios cerrojos al abrirse, posteriormente la puerta entera se abrió para permitirles pasar. El hombre que había tras la puerta era un señor encorvado que mantenía la boca moviéndose y los ojos constantemente juzgando. Su delgado cuerpo se cubría por un chaleco rasgado y unos pantalones igual de destrozados, mientras que girones de pelo le caían de manera aleatoria por la cabeza hasta el cuello.
Los tres entraron en silencio, pero solamente Roin le mantuvo la mirada a aquel hombre que en nada le agradaba provocando que los ojos de este se cerraran a modo de amenaza como si se clavaran dentro de sus pensamientos. Con los escalofríos a flor de piel daban pasos por un pasillo oscuro hacia una puerta con un aura de luz en su marco.
El hombre que los guiaba la abrió y los cedió el paso, mientras que Roin sujetaba cada vez con más fuerza su arma. Dentro de aquella habitación había múltiples hojas colocadas por las paredes, dos grandes velas encima de una alargada mesa que presidía la sala y hasta un total de seis sillas de madera la rodeaban. En el extremo opuesto de la entrada había otra mesa más pequeña con múltiples artículos, acompañada por una estantería a la derecha y otra puerta a su izquierda.
Cuatro de las sillas estaban ocupadas por tres hombres y una mujer, dos de ellos de piel muy oscura con espadas de una hoja muy ancha, retoques dorados y sin camisa pero con pantalones de color de la arena. El tercer hombre era pequeño, rubio y delgado, portando telas de color marrón por todo su cuerpo y un cinturón lleno de cuchillos y otros elementos igual de afilados. Finalmente, la mujer, que presidía aquella sala era una señora de mediana edad con el cabello oscuro recogido en una trenza que caía por el hombro hasta su pecho, cubierta con un chaleco verde oscuro sin mangas y unos pantalones abombados del mismo tono que los otros dos hombres de color.
Linfa hizo un amago para detenerse, pero el hombre que sujetaba la puerta le pidió con un gesto que se sentara, haciendo caso por lo que pudiera pasar si le llevaban la contraria. Acto seguido Roin entró en la sala y su sorpresa fue aún más notable que la de su compañera, sujetando con fuerza el hacha haciendo que los hombres de color se levantaran de las sillas para empuñar sus grandes espadas. El hombre cerró la puerta con calma y le empujó en un hombro hacia una de las sillas que quedaban sin ocupar, poniéndose en su espalda con los brazos cruzados.
El ermitaño no soltó el arma en ningún momento, poniendo total atención a cada una de las personas que estaban en esa sala, con miedo y rabia en su cara. Sabía que era una trampa, pero no quería poner en peligro la vida de Linfa por lo que guardó el hacha en cuanto se sentó esperando ver qué pasaba.
La mujer observó con admiración toda la escena de bravura que sus invitados la había facilitado, haciendo un gesto con la mirada a los hombres para que se sentaran y guardaran sus armas.
- Bienvenidos – dijo mientras cruzaba los dedos de sus manos y posaba estas en la mesa.
Ninguno de los aventureros dijo nada, simplemente miraban con calma a los asistentes en aquella sala.
- Somos la comunidad de la hoja dorada – continuó diciendo mientras que señalaba con una mano un escudo de armas que había encima de la puerta por donde habían pasado.
De igual manera, la sala permaneció en silencio durante varios segundos mientras que unos se estudiaban a otros. El hombre finalmente relajó los brazos a la vez que se acercó a Linfa poniendo un brazo sobre su espalda con calma y oír como Roin volvía a sujetar su arma.
Ese hombre acechó a Roin al ver que este se tensaba al acercarse a su compañera.
- Según ha dicho, es la hermana de la gobernadora – volvió a prestar atención a la mujer que presidía la sala.
Todos permanecieron en silencio mientras que la mujer observaba y meditaba aquellas palabras.
- ¿Cómo sabemos que eso es cierto? – le dijo finalmente con la expresión de duda en su cara.
- Quiso ir a su búsqueda aunque eso supusiera una muerte a manos de las armas de los guardias – le contestó.
- O es su hermana o es estúpida – dijo el hombre rubio provocando que aquellas palabras alteraran a la joven.
- Esa mujer es mi hermana y no entiendo por qué a la “hoja dorada” le debe importar – replicó Linfa mientras se quitaba de encima la mano que la sujetaba.
La mujer se levantó de la silla para acudir a la mesa que estaba al final de la sala, tomando consigo una jarra de barro y unos vasos que colocó en una bandeja de madera para servirlos en la mesa.
- La hoja dorada es un gremio de asesinos y ladrones que buscan la estabilidad del reino – y vaso tras vaso se acercó a los aventureros – por lo que a nosotros respecta, queremos que esta gobernadora permanezca en el poder y termine con el legado digno de sus funciones – y el último vaso lo colocó delante de la muchacha.
Ella le miró desconcertada – sigo sin comprender que interés tenéis vosotros en que mi hermana sea la gobernadora – agarró con fuerza el vaso mientras le mantenía la mirada.
La mujer sirvió un líquido rosado a cada uno de los vasos, hasta que finalmente volvió a su sitio y sujetó el suyo por encima de la cabeza – lo importante es que nuestro fin es el mismo, y aunque no seamos amigos deberemos ayudarnos contra las fuerzas que quieren ver a tu hermana muerta -.
Aquellas palabras estremecieron el corazón de la muchacha - ¿Por qué la quieren ver muerta y quién quiere matarla? – le dijo finalmente con fuerza en sus palabras.
La mujer se rio al ver que aquella joven tenía la fuerza para enfrentarse a lo desconocido, sin saber realmente quien era la persona con la que estaba hablando.

- Durante los últimos meses tu hermana se ha dedicado a utilizar los ingresos de la ciudad para destinarlos en los empleos menos destacados de la ciudad, haciendo que personas que antes no tenían oportunidades pudieran crecer poco a poco – continuó la mujer tras un largo sorbo del vaso que ella misma se había servido, otra vez – pero ese dinero sale de los impuestos que han sido recaudados de las personas que más poder tienen en esta ciudad – volvió a servir otro vaso lleno mientras que los demás aún tenían a medias los suyos.
- ¿Y por qué el pueblo la grita si en realidad les están ayudando? – dudo Linfa al recordar la plaza.
- El pueblo está sufriendo presiones por parte de las personas más ricas para devaluar el valor de sus productos, cobrando impuestos a parte o incluso utilizando a la guardia de la ciudad para realizar patrullas que destrozan pequeños negocios… – cada una de las palabras se clavaban en la cabeza de aquellos que estaban en la sala ocultando su cara para no dejarse ver las muestras de tristeza que cada historia quedaba guardada en sus labios sellados – nuestro deber es hacer ver al pueblo que la injusticia se propaga desde los altos cargos e incluso de la corona, que permanece impasible ante el dolor que los hombres más ricos de la ciudad imparten a los ciudadanos-.
Linfa y Roin permanecían mirándose intentando entender por qué deberían ellos hacer nada, cuando el principal sentido de su partida habiendo dejado tras de sí sus hogares y familia era encontrar a Hela.
- Lo peor de todo es que, aquellos hombres que han logrado hacer que el pueblo se ponga en contra de tu hermana, también están consiguiendo que el pueblo se alce en armas los unos contra los otros – la mujer continuaba con sus palabras obviando que ninguno de los aventureros la miraba – ya hubo una guerra en la que los hombres más infieles a estas tierras tomaron sus armas contra el pueblo y lo devastaron para conseguir lo que ahora tienen, y no permitirán que tu hermana ni nade se lo arrebate-.

Roin estaba sediento al estar escuchando tantas palabras sobre política, siendo un hombre que ha vivido al margen de la sociedad durante toda su vida. Mientras que Linfa, un elemental que ha visto como ciudades enteras e imperios caían sin que ella hiciera nada, debía ayudar sin sentido alguno a salvar la ciudad para la gente que quería matar a su hermana.
- Os ayudaremos – dijo finalmente la joven mientras cerraba los ojos para pensar detenidamente aquellas palabras. Roin quedó atónito al escucharla.
- No tenemos tiempo que perder, debemos encontrar a Hela – le dijo en susurros.
- Ayudaremos a esta pobre gente que ha permanecido sufriendo por culpa de seres peores que los goblins – aquellas palabras llegaron a los oídos del hombre rubio que mostró su interés en la mirada – no podremos salvar el mundo sin no somos capaces de salvar una ciudad, además de que será más fácil convencer a mi hermana si terminamos con sus problemas como humana -.
Roin se recostó en el asiento donde estaba, cogiendo con una mano el vaso que se negaba a beber mientras que meditaba aquellas palabras.
- Mi aventura es salvar a tu hermana, le prometí que jamás le pasaría nada que la perjudicara – y recordó como aquella joven de pelo rojo subía a la carroza con la mirada perdida en el cielo – pero también le prometí que encontraría a todas sus hermanas – volvió de su sueño para verle la cara a Linfa – así que iré donde tu vayas -.
-¡Brindemos por nuestros nuevos compañeros! – dijo el hombre que estaba en su espalda.
Todos dieron un largo trago al vaso con el que sellaron un acuerdo sin palabras, salvo Roin.
- No bebes hombre de la barba – dijo uno de los hombres de piel oscura.
- La última vez que acepté una bebida que no conocía me adentré en una aventura que cambió mi vida – miró el interior del vaso con necesidad en su cara – pero con una sola aventura me es más que suficiente – lo apartó con la palma de su mano.
- Será mejor que nos presentemos – dijo la mujer mientras colocaba la jarra de barro en el lugar donde la había cogido por primera vez – mi nombre es Madre – dijo mientras agachaba la cabeza – ellos son pantano y jungla – señaló a los hombres de piel oscura – y finalmente queda araña – el hombre rubio levantó la mano – y Astar – señalando con la palma al hombre de su espalda.
- ¿Todos tenéis apodos salvo tú? – preguntó Linfa mirando a Astar.
- La mayoría de las personas que forman la Hoja dorada son asesinos y ladrones como ya os hemos dicho, por lo que muchos vienen de la calle y no de familias acomodadas que dan nombres al nacer – le respondió Astar con los brazos cruzados.
- Pero él es distinto, él es un valiente guerrero que luchó en múltiples batallas para su señor hasta ser olvidado y abandonado por este – continuó la mujer por él.
Astar se quedó mirando a la mujer mientras esta hablaba por él, con una expresión de calma al confiar que aquella persona sabría decir cada palabra como él mismo las diría sin saltarse nada.
Cuando hicieron el amago para levantarse, una punta de acero se clavó en el vaso del ermitaño quién cayó sentado nuevamente en su silla.
Todos quedaron mirando como un puñal de un dedo de ancho hacía que se derramara el líquido de este mientras que volvían automáticamente las miradas a la única persona que podía haber hecho eso.
-¿Qué haces Araña? – le preguntó madre enfadada en el tono de sus palabras – ahora son nuestros aliados -.
Araña colocó los brazos cruzados encima de la mesa mientras acercaba el resto del cuerpo para dejarlo totalmente apoyado en esta - ¿Qué es un “goblin”? – le preguntó a los aventureros.
Ambos quedaron mirándose en silencio sin saber que responder, pues no querían contar una historia de fantasía y aparentar estar locos.
- Los goblins… - dijo Linfa lentamente.
- Son unos bandidos que nos buscan por haber destruido su campamento al rescatar a una amiga que hicieron prisionera – respondió rápidamente Roin mientras sacaba el puñal del vaso bebía su interior sediento.
Araña quedó asombrado por la respuesta - ¿Goblin es el nombre de esa gente o qué diablos son? – continuó mientras sacaba otro puñal de su cinturón que llevaba en el pecho.
- Son una banda muy grande de gente pequeña que vive en el bosque, matando y saqueando cualquier pueblo que ven – le respondió Linfa esta vez.
- Nunca había oído antes ese nombre… - empezó a jugar con el puñal entre sus dedos al decir a esas palabras, como si una advertencia se dejara caer solo por lo que estaba haciendo.
- Tú nunca has oído nada por qué tienes las orejas llenas de mierda – dijo finalmente Astra a la vez que cogía el puñal de la mano del ermitaño y se lo arrojaba delante de Araña haciendo un ruido metálico al rebotar en la mesa.
La tensión se podía sentir en el ambiente y el olor del líquido que se había derramado se mezcló con el aire cargado del momento, haciendo incómoda la situación para todos los que estaban ahí. Madre se levantó sin decir nada, cogiendo su vaso y marchándose del lugar mientras que Jungla y Pantano la seguían sin devolver la mirada atrás.


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